Su sombra se extiende mas allá de los trigales, preciado oro al sol en el verano de sur, y su voz resuena haciendo eco en sus quebradas, en un mustio dueto con sus intrincados arroyos.
Su alma pura se hace infinita hacia las tardes mientras en sus entrañas palpita otro nuevo amanecer de romper la noche en mil colores de otoño enaltecidos con el gélido sudor de los glaciares.
Su firme pulso alcanza las vides de los valles en una ofrenda a Dios con el vino de su amor, agridulce sabor del trabajo y los años que agrietan las manos y la tierra de sus hombres.
El cóndor posa sus grandiosos sueños de vida, donde crece el amor puro en la piedra vacía en la fecunda fe de los helados amaneceres. Dios rodó por esos arroyos y se fundió en tu nieve legándote la grandeza y la imponencia de gigante ante el sordo diálogo de la pampa y el río.
En tus escondidos rincones y susurrantes vegas, en tus sueños de roca viva y anhelos de hielo, en los siglos que forjaron tu pétrea calma... tus valles se abren al cielo en plegaria con ígneas manos entendidas al infinito cielo en un grandioso abrazo para alcanzar a Dios.
Su sombra se extiende mas allá de los trigales,
ResponderEliminarpreciado oro al sol en el verano de sur,
y su voz resuena haciendo eco en sus quebradas,
en un mustio dueto con sus intrincados arroyos.
Su alma pura se hace infinita hacia las tardes
mientras en sus entrañas palpita otro nuevo amanecer
de romper la noche en mil colores de otoño
enaltecidos con el gélido sudor de los glaciares.
Su firme pulso alcanza las vides de los valles
en una ofrenda a Dios con el vino de su amor,
agridulce sabor del trabajo y los años
que agrietan las manos y la tierra de sus hombres.
El cóndor posa sus grandiosos sueños de vida,
donde crece el amor puro en la piedra vacía
en la fecunda fe de los helados amaneceres.
Dios rodó por esos arroyos y se fundió en tu nieve
legándote la grandeza y la imponencia de gigante
ante el sordo diálogo de la pampa y el río.
En tus escondidos rincones y susurrantes vegas,
en tus sueños de roca viva y anhelos de hielo,
en los siglos que forjaron tu pétrea calma...
tus valles se abren al cielo en plegaria
con ígneas manos entendidas al infinito cielo
en un grandioso abrazo para alcanzar a Dios.
Adriano Yannelli - 1994